etica y moral

Wednesday, September 13, 2006

Primer texto de análisis: La televisión: Un sutil agente educativo que permea la personalidad de los niños y niñas

Cuando observamos un niño frente a la pantalla del televisor mirando su programa preferido descubrimos una serie de conductas y actitudes que nos expresan abiertamente la susceptibilidad de los pequeños frente a los mensajes mediáticos que transmite la TV. El niño queda prendido, casi hipnotizado, por las imágenes en movimiento que sus personajes favoritos realizan; aprueban sus actos violentos, sobre todo cuando "luchan contra el mal", con palabras como "¡dale!, "¡bieeen!, "¡toma ya!"; imitan sus gestos, especialmente aquellos ligados a ciertos sentimientos adoptados por el personaje cuando "siente vergüenza", "saluda", "se enoja", "llora". Cuando el personaje se transforma en un "superhéroe" para "defender" al "mundo" del "villano" repite una "fórmula especial" que con suma rapidez también memoriza el niño y la reconstruye en sus juegos cotidianos. Toda esta serie de indicadores revela que el mensaje televisivo no pasa desapercibido por el infante, todo lo contrario, se asume como "verdad absoluta", al irrumpir con una poderosa fuerza en los procesos cognitivos, emocionales y volitivos del pequeño.
Por lo general, este proceso de decodificación del mensaje televisivo, lo realiza el pequeño, en solitario. El adulto está ausente, sea por razones laborales, o porque es un "programa para niños" y la temática no le interesa, o porque quiere "descansar", pero la opción televisiva que se ofrece no satisface sus motivaciones. Es decir, el niño se enfrenta a miles de imágenes, sonidos y mensajes que le sugieren una determinada forma de comprender la realidad y que, evidentemente, él incorpora como adecuada porque no hay quien le sugiera lo contrario, o le ayude a diferenciar la "realidad" de la "fantasía"; o le invite a cuestionar el mensaje oculto que transmiten determinadas escenas o personajes.
Es entonces cuando, la idea del bien y del mal que el niño adquiere como "verdadera" es la que observa en la TV, especialmente en las series infantiles, donde se mezclan hoy en día, los efectos de las nuevas tecnologías virtuales, que capturan la imaginación del niño y le suscitan nuevas emociones. A este complejo universo de experiencias mediáticas, se agregan los enlaces estratégicos que realizan las grandes compañías productoras de los "programas infantiles" con aquellas otras empresas mercantiles que ofrecen juguetes, ropa, accesorios, libros, juegos de vídeo, discos, entre otros, que con un afán lucrativo, intentan "completar" la visión de mundo que los pequeños han ido construyendo a partir de la serie y que le hacen suponer que lo observado en la pantalla puede ser "realidad".
De ahí que nos preguntamos, cómo interioriza el niño pequeño los mensajes televisivos si, su madurez y desarrollo cognitivo, transita por una de las etapas más susceptibles del pensamiento: la etapa preoperacional? En este sentido, de acuerdo con Piaget, el pensamiento del niño se caracteriza por el animismo, el realismo, el centralismo y la irreversibilidad. Esta forma particular de razonar hace que el pequeño dé vida a objetos inanimados y se le dificulte diferenciar lo real de lo imaginario, así como también fije su atención en determinados elementos o detalles y no pueda comprender la reversión de ciertos procesos.
Por lo tanto, en esta manera de entender el mundo, la participación guiada del adulto es fundamental. Según Bárbara Rogoff (1993),
"La participación guiada implica colaboración y comprensión compartida en las actividades rutinarias de resolución de problemas. La interacción con otras personas apoya a los niños en su desarrollo, guiando su participación en actividades relevantes, contribuyendo a adaptar su comprensión a las nuevas situaciones, estructurando sus intentos de solucionar los problemas y asistiéndoles cuando han de aceptar responsabilidades en la resolución de problemas13
Este apoyo que recibe el niño, por parte del adulto, potencia en palabras de Vygotsky, la zona de desarrollo próximo, de tal manera que, el avance del niño hacia nuevas formas de comprender la realidad, le permite crecer como persona, estableciendo mejores relaciones consigo mismo y con los demás.
III. La televisión en familia y el desarrollo de las dimensiones de la personalidad moral
Ahora bien, si el pensamiento preoperacional del niño le permite asimilar el mundo de una manera determinada y, dentro de este mundo, la TV ocupa un lugar muy importante, cómo se lleva a cabo entonces, en este proceso, su desarrollo moral.
Si partimos de las interesantes investigaciones de Piaget, Kohlberg y Bandura sobre el desarrollo moral y relacionamos sus criterios con lo tratado líneas arriba, se podrían extraer importantes conclusiones. Por una parte, Piaget sostiene que el niño se rige por una moral heterónoma, donde el adulto impone las normas y el pequeño las asume como válidas porque quiere su aprobación y teme al castigo. Kohlberg, por su lado, coincide con Piaget, pero amplía su planteamiento y propone tres niveles del desarrollo moral (preconvencional, convencional y postconvencional). Según Kohlberg, los niños menores de nueve años se ubican en el nivel preconvencional, en el cual se diferencian dos estadios. El primer estadio, se centra en la Moral heterónoma y el segundo, en el Hedonismo instrumental ingenuo, en donde la motivación de las acciones se deriva del interés por satisfacer los propios deseos y necesidades.
Por su parte, Bandura plantea que la transición por los distintos niveles está permeada por el papel del adulto como modelo. En este caso, algunos de los personajes televisivos, aunque no sean adultos, se convierten en modelos de imitación por parte de los niños
Es así como encontramos una serie de actitudes o conductas negativas derivadas de estos personajes que los niños interiorizan con suma facilidad, pues tienden al irrespeto, a la burla, a la malicia, a los golpes para solucionar algún conflicto y, en todo este proceso, qué papel juega el adulto que está cerca del niño. Lamentablemente, nos encontramos con personas que refuerzan estas conductas de diversas maneras, ya sea riéndose de tales acciones, o pasándolas desapercibidas, inclusive obligándole al pequeño a no hacerlas, pero este enfrentamiento por imposición, lo que hace es que el niño selecciona muy bien cuándo evitar la conducta y en qué momento reproducirla, por supuesto en aquella ocasión en el que el adulto está ausente.
Por esta razón, es que me parecen muy oportunas las sugerencias que brinda Aguaded, en torno a la Educación Televisiva en familia, sobre todo cómo lograr la implicación activa de los padres y madres en este proceso. Dentro de las propuestas que ofrece a lo largo del primer capítulo de su libro, apoyado también en posiciones de otros autores, quisiera resaltar las siguientes:
Refuerzo de las actitudes positivas.
Tamizar y mediar las emociones (Fuenzalida1982:32 y sgtes.)
Necesidad de controlar el tiempo y discriminar los programas. (Fuenzalida,1984)
Valor del diálogo (Ferrés,1994:137)
Desmitificar el medio, explicando cómo están hechos los programas, cuáles son sus trucos y secretos (Corset y Souchon,1982:170)
Enseñar a cuestionar la TV desde la realidad, aprendiendo a confrontar las imágenes televisivas con la realidad, para superar reduccionismos, clichés y estereotipos.
Rentabilizar los valores y contravalores.
Lugar en que está situado el televisor en casa.
Enseñar a ver la TV con el ejemplo, se convence con actitudes, criterios y posiciones reflexivas y críticas
Me parece importante detenerme en estas consideraciones para reflexionar en torno al lugar que la TV ocupa dentro de la familia. En muchos hogares, se convierte en un ídolo, al que se le asigna el "mejor lugar" de la casa para que todos puedan mirarlo. Cuando se observa un programa todos "deben callar" porque "el dios televisor" habla. Todos deben estar quietos, no hay espacio para las interrupciones. Hay que prestar atención a lo que nos "dice la televisión", especialmente si son los noticieros porque "aquí sí se dice la verdad de los hechos", o cuando se mira un concurso hay que enterarse de quién será el ganador.
Inclusive las expresiones del adulto que mira la televisión con los niños son también reacciones en las que se detiene el pequeño. Las frases que formula, cómo las expresa, con qué intencionalidad (o no) las dice, transmiten al niño una serie de mensajes que podrían ser sumamente negativos o altamente constructivos.
Resaltar aquellos elementos que podrían ser sugerentes para abrir el diálogo y la reflexión a partir de algún comentario o alguna conducta que se observa, o inclusive, de las frases o ideas que alguno de los telespectadores, expresa o quizá deja de expresa, son momentos que no deberían pasar inadvertidos. Estos elementos permiten un espacio importante para la interrelación familiar, la clarificación y construcción de actitudes y valores, así como la potenciación de las diferentes dimensiones de la personalidad moral de los televidentes.
Cuando nos encontramos que la televisión, junto con la familia y la escuela se convierten en uno de los principales medios de socialización de los niños y niñas, es necesario entonces revisar cuidadosamente su eventual aporte en la construcción de las dimensiones de la personalidad moral de los pequeños y, por qué no, de los mismos adultos.
En este sentido, podríamos reflexionar en qué medida el programa de televisión observado aporta al desarrollo de cada una de estas dimensiones de la personalidad, o inclusive en qué medida atrofia este desarrollo.
En la siguiente tabla se puede visualizar cada una de las dimensiones de la personalidad moral, con su respectiva conceptualización, así como las posibles preguntas que le permitirían al adulto generar una reflexión personal y, además, orientar una reflexión compartida con los niños y niñas, en torno al programa observado.

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